Foto/El Español


Un reciente informe sobre percepciones juveniles en España revela un dato clave: el 65% de los jóvenes confía en la ciencia como principal agente para enfrentar el cambio climático, mientras que solo un 16% deposita esa confianza en la política. Esta visión muestra el enorme potencial que tienen la ciencia, la tecnología y la innovación como herramientas de transformación social y ambiental en Iberoamérica.
El informe subraya que esta confianza debe aprovecharse con un enfoque de gobernanza climática, no solo desde un punto de vista tecnocentrista. Iniciativas de ciencia ciudadana y participación pública en la transición energética están demostrando que la colaboración entre investigadores, sociedad civil, gobiernos y empresas puede generar soluciones más reales, sostenibles y apropiadas para los desafíos actuales.
Ejemplo de ello es el Premio Sacha, que reconoce propuestas tecnológicas sostenibles en energía y construcción en toda Iberoamérica. Uno de sus referentes es el Grupo Interdisciplinario de Estudios Socioambientales y de Tecnologías Sociales en la Amazonía, que trabaja con comunidades locales para desarrollar soluciones tecnológicas adaptadas a su realidad y con impacto directo en la mejora de su calidad de vida.
La interacción entre academia y sociedad no solo permite producir ciencia más cercana y útil, sino también generar conciencia ambiental a través de la divulgación. El crecimiento del conocimiento en torno al cambio climático, impulsado por iniciativas como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), refleja la urgencia de poner la ciencia al servicio de las personas.
Datos recientes del Informe sobre Brechas de Emisiones 2024 de la ONU advierten que los sectores de energía, movilidad, agricultura e industria son los principales responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero. Por ello, urge una transformación profunda en estos rubros, donde la innovación debe tener un rol protagonista.
En definitiva, una Iberoamérica más justa y sostenible solo será posible si ciencia, tecnología e innovación se entienden como pilares no solo económicos, sino también sociales y éticos.

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