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El conflicto por el control del Tíbet vuelve a encenderse esta semana tras las declaraciones del Dalai Lama, líder espiritual exiliado, quien confirmó que tendrá un sucesor y que solo su institución podrá designarlo, rechazando cualquier intervención del gobierno chino.
Desde la ocupación del Tíbet por tropas comunistas en 1950, China ha mantenido un control férreo sobre esta región del Himalaya, considerada estratégica por sus recursos hídricos y ubicación geográfica. La anexión formal se firmó en 1951 con el Acuerdo de los 17 Puntos, que según el Dalai Lama fue impuesto bajo coacción, cuando él tenía solo 15 años.
El levantamiento tibetano de 1959 marcó un punto de quiebre, provocando la huida del Dalai Lama a India y la intensificación de las tensiones. Desde entonces, las denuncias por represión, destrucción cultural y abusos a derechos humanos se han mantenido constantes.
China insiste en que el sucesor del Dalai Lama debe ser aprobado por el Estado, lo que contradice la tradición tibetana de reencarnación y profundiza el desacuerdo. El líder espiritual aboga por una “autonomía significativa”, pero nuevas generaciones de tibetanos presionan por la independencia total.
La disputa actual vuelve a enfrentar dos visiones irreconciliables: la autodeterminación de un pueblo y la integridad territorial de un Estado autoritario. Mientras tanto, el Tíbet sigue siendo una herida abierta en la historia contemporánea de Asia.

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